1. PREMIO: "El club de los que oíamos voces que no existían"

Mª Ángeles Albuixech Ballester
Jueves, 30 Enero, 2014
 
El río Urumea –el del agua fina- va muriendo en el Cantábrico, entre el monte Urgull  y la playa de La Zurriola, con mayor caudal del habitual debido a las lluvias de los últimos días.
 
Nuestro neonato grupo de autoayuda psicológica ha buscado el abrigo del parque Cristina Enea para su reunión de hoy. Todo surgió a raíz de que Ander, uno de los miembros menos acomplejado/acojonado por nuestros problemas de alucinaciones auditivas, pegase anuncios en los bares de la parte vieja de Donostia y en las redes sociales:
“¿Oyes voces? 
¿Oyes voces que no sabes de dónde vienen y que resuenan en tu cerebro?
Si optas por seguir con ese tormento, es cosa tuya; si quieres intentar enfrentarte al problema, únete a nosotros”.  nekatutanagodagoeneko@bizitzaberria.eusk
Una reproducción de “El grito” (1893), del pintor noruego expresionista Edvar Munch –sí, esa imagen en la que aparece un tenebroso personaje gritando y tapándose los oídos con las manos mientras cruza un puente, y las pinceladas, naranjas las del cielo, azul eléctrico las del río, se asemejan a un torbellino que ta--la--dra su mente-, ilustra el cartel.
 
La respuesta a la llamada de Ander somos nosotros: una abigarrada cuadrilla de personas diferentes que buscamos, mediante la medicina de la palabra y el hecho de compartir la dolorosa experiencia de la enfermedad, salir del agujero en el que unos nos caímos y a otros nos arrojaron la vida, el alcohol, la genética, las circunstancias… Pretendemos que la luz vuelva a nuestros ojos ciegos y que podamos expulsar los demonios que han tomado los mandos de la embarcación de nuestra vida. Y todo ello sin un líder, sin un gurú barbudo y rechoncho, y sin dejar de lado la medicación.
 
La tarde, apacible. Se oyen los trenes transitar sobre las vías cercanas enfilando ya la última estación. En lontananza, la bahía de la Concha y la isla de Santa Clara, mudos testigos de nuestro encuentro. ¿Cuántos somos? Hoy, sobre catorce.
 
La madre de una adolescente habla con furia mal contenida:
 “  --No, yo no oigo las voces que vosotros decís oír. Siempre pensé que eran un cuento, una película que se montaba mi hija Naroa. Decía que alguien le hablaba, que le daba órdenes: no comas, no comas. Creo que he dicho antes que ha sido ya diagnosticada de trastorno alimentario. Días sin probar un solo bocado, días de inmensos atracones. Y esa vocecita martilleando en su cabeza… Vengo hoy aquí buscando respuestas porque ya me han fallado todas las estrategias: la negación del problema –ya sabéis, el socorrido ya pasará todo-,  mi propio sentimiento de culpabilidad…”
Un silencio espeso sobrevoló como una gaviota desorientada la reunión. Los primeros días en que hablaban algunos de los nuevos asistentes era siempre así: respuestas, yo busco respuestas, ¿dónde están las respuestas? Y era comprensible, sobre todo, en familiares de pacientes.
 
Ander habla:
“ --A mí me gustaría, cómo no, poder darle a la madre de Naroa –por cierto, bienvenida- todas las respuestas que nos pide esta tarde. Pero no somos batablancas. Y con todo el respeto que me merecen los profesionales de salud mental, ellos tampoco tienen todas las respuestas. ¡Aunque eso sí cuentan con tooodaaa la química!  --carcajada general—  Lo que sí puedo indicarle son algunas actitudes que a mí, como enfermo, me hubiera gustado encontrar en mi familia y en mi entorno a lo largo de los años de mala convivencia con mis voces interiores. Vamos allá: paciencia, paciencia y paciencia… es vital asumir que el problema es de largo recorrido, que la noche va a ser alargada y oscura y si no se toman medidas, tú que me cuidas, podrías también enfermar del cuerpo o del alma. No me compadezcas ni me sobreprotejas, eso no me va a ayudar. No me tengas miedo, nunca te dañaría. Los episodios de violencia son escasos. No te avergüences de mí: soy inocente, no he elegido esta enfermedad; ella me escogió a mí. Habla, cuenta cuánto sufres conmigo, desahógate. Busca ayuda de las instituciones –estoy enfermo, pero los enfermos también tenemos derechos-. Asóciate con otros familiares. Y, algo muy importante: siempre que puedas, siempre que alguien te pueda suplir, escápate lejos, bien lejos: al cine, a la playa, al baile…, porque tú también tienes derecho a tener tu propia vida personal".   
Acabada la alocución, los asistentes asentimos absortos sin aplaudir. El sol empieza ya a despedirse desparramando un postrer puñado de rayos anaranjados sobre el arbolado del parque. Los sonidos se tornan tenues, apagados.
 
Toma la palabra, por último, un hombre de avanzada edad de sienes plateadas, una txapela le cubre la cabeza.  Es el mayor del grupo. Nadie sabe con certeza cómo se llama. Siempre nos dirigimos a él cariñosamente como aitona, abuelo:
“   --Os contaré mi caso: yo empecé a oír mis primeras voces con dieciséis años. Por Dios, aún era casi un niño y ya estaba con esto… Baja la mirada y prosigue. Parece que la ruptura con mi primera novia fue el desencadenante. No lo sé, la verdad. Médicos, médicos, más médicos, curanderos, meses y más meses con aullidos y gritos desgarradores retumbando por dentro de mí día y noche, hasta llegar a la psiquiatría: esquizofrenia paranoide. Ingresos múltiples en el Hospital Psiquiátrico de Mondragón. Algunas hostias… Medicación antipsicótica. No os diré nombres, demasiados debéis conocer a estas alturas. Tuve suerte porque un buen profesional me dijo una mañana en la que me daban el alta: no te quedes solo con el cóctel de pastillas, si pones de tu parte, las alucinaciones auditivas se pueden llegar a controlar. Y a partir de ahí comenzó mi búsqueda de información científica, a la par que un viaje interior que aún no ha acabado. Tengo algunas noticias: no todos los que oyen voces están enfermos. Mucha gente las oye y no hay necesariamente algo patológico en ello. Lo que importa es el grado de interferencia que tienen en nuestras vidas. Hay estrategias y cada cual puede escoger la que le dé mejor resultado: cuando “el otro” o “los otros” nos ordenen algo a gritos, como acostumbran, probemos a cantar en voz aaaaltaaa o pongamos música a toda pastilla y bailemos, bailemos hasta caer al suelo agotados. Mila, bederatziehun eta laurogeita hemeretzi, bederatziehun eta laurogeita hemezortzi, bederatziehun eta laurogeita hamazazpi…, sí, amigos, contemos hacia atrás en euskara: mil, novecientos noventa y nueve, novecientos noventa y ocho, novecientos noventa y siete… Y si el “huésped” - resident evil (el demonio residente)- no se cansa, pactemos con él, asumamos que es una parte de nuestro yo, de nuestra conciencia, admitamos su existencia, hablemos con él civilizadamente, fumemos la pipa de la paz, lleguemos a acuerdos. Aceptará cualquier trato con tal de quedarse, y uno bueno sería acordar que, a determinadas horas, bien, toda la cháchara, todo el jaleo que él quiera, pero que, fuera de ese tiempo, ups… a la jaula, león, la hora de tranquilidad ha llegado…”
En el parque Cristina Enea ha oscurecido. Grillos nocturnos y alguna luciérnaga hacen su aparición. Aitona hace ya unos minutos que ha terminado con su relato, pero nadie se decide a irse. La catarsis es absoluta. Las voces interiores, las voces que no existen y ni siquiera tienen eco, se han acallado en todos nosotros. Ander se levanta de un vigoroso brinco: --La semana próxima, mismo día, misma hora, pero cambiamos la ubicación, chicos, a la Kontxa Hordartza (La playa de la Concha). La mayoría del grupo lo miramos atónitos: --Perooo… Replica raudo: --Sin peros. Salgamos nosotros también del armario. ¿O no?
 
                                                            ---oooOOOooo---
 

Comentarios

Creo que a este relato le falta estructuración, pero tiene datos interesantes

¡muy bueno!...simple, vital y sanador desde la mirada del paciente!
(participantes del concurso)