3. PREMIO: "La otra puerta"

Piedad Baca Romero
Jueves, 30 Enero, 2014

Su cabeza era un caos de ruidos, voces incongruentes, luces deslumbrantes y oscuridad terrorífica.

Apelotonados y en barullo, todos hablaban al equipo de urgencias que intentaba poner orden y controlar al enfermo.

–Jaime está bien –dijo el director de la emisora consiguiendo, como todos los días, acallar el escándalo. Pero de pronto entró en una espiral de improperios. De su boca salía un disparate tras otro, en tonos discordantes de voces impostadas. Sus gestos eran ridículos y desquiciados. 

 Qué diferencia con el joven simpático y buen comunicador que con gran esfuerzo dirigió el programa líder de audiencia en la sobremesa diaria. Para que lo entendáis: se había vuelto loco. O, como diagnosticó el doctor: “una crisis sicótica”, y era imprescindible su internamiento en la unidad psiquiátrica para su estudio y posterior tratamiento.

Esquizofrenia aguda, le diagnosticaron. Medicación, dormir, levantarse, comer y pasear, fueron sus rutinas diarias. Necesitaba salir del círculo, propio de la enfermedad, que Jaime sin querer había cerrado.

–Voy a proponerte un reto.

El joven psiquiatra se lo planteó de forma directa. Él no tenía ganas ni de escuchar, ni mucho menos de luchar para superar desafíos. Después de cinco meses se sentía mejor, las alucinaciones casi habían desaparecido. Pero aún quedaba un gran problema, al estar lúcido podía reconocer el terrible mal. ¿Por qué le había tocado a él? Encontrarse en aquel lugar rodeado de “locos” lo desgarraba de tal forma que la vida carecía de sentido. El miedo a una nueva crisis, a reencontrarse con sus compañeros, a perder el trabajo, miedo al miedo.

–Bueno te cuento –oyó la voz del psiquiatra como un eco–, quiero crear una radio interna en el centro.

Jaime abrió los ojos como platos y comenzó a reír:

– Ahora el que esta loco eres tú, ¿sabes el dineral que hace falta para montar una emisora? ¿Y el personal? ¿Y los equipos?  Además, no estoy interesado en nada, todo me da igual. Paso…

–Como te iba diciendo –sin hacer caso a sus comentarios siguió contándole su proyecto de comunicación-, podríamos llenar de vida a todos los que de una forma u otra vivimos aquí, sería un programa nuestro, habría concursos, tertulias, música, entrevistas y lo que se nos ocurra.

Jaime repitió:

–¡El loco eres tú!  Tú eres el que tendría que estar ingresado aquí. ¡Ah! ya sé, como viste en televisión la radio que tenían los “chiflados argentinos”, quieres copiar el modelo.

–¿Y qué si quiero copiar?, me encantó la idea cuando los vi en televisión. Y como aquí tenemos megafonía en todo el centro, solo nos falta tu voz y tus conocimientos, por eso te lo planteo. Ya veo que pasas, olvídate del tema, sigue con tu rutina, lamentándote y no aceptando la realidad.

Desde aquel momento, Jaime dejó de pensar en su desgracia para dar vueltas a la cutre radio que el psiquiatra le había planteado. Idea grotesca, aunque continuó cavilando. Esa noche durmió bien. Al despertarse, la propuesta radiofónica no le pareció tan descabellada; con un micrófono, él podía hacer milagros. Llenaría de vida aquel lugar lleno de pesadas huellas deambulantes. Estaba deseando bajar al taller para plasmar en una página sus ideas. Desayuno rápidamente y fue al ordenador. Abrió una nueva carpeta que tituló: “La radio”. Y comenzó su guión. Objetivos: hacer un programa participativo y divertido, ¡aquí ya hay bastantes penas! Tarea difícil, los oyentes eran de lo más variado en género, raza, edad, nivel social y cultural, un minúsculo universo; solo faltaban los niños, aunque algunos enfermos retornaban a su infancia, ingenuas mentes habitando fornidos cuerpos. Por un momento se quedó pensativo filosofando: la enfermedad nos hace a todos iguales, indefensos…

Se involucró tanto en el tema que no le importaban las dificultades, la ilusión era tan grande que el fin simplificaba los problemas. Estaba deseando contarle al médico sus pensamientos. Aparcó las meditaciones y continuó diseñando el proyecto: la emisión duraría solo una hora, no quería cansar, era importante dejar con ganas de escuchar a sus medicados oyentes de atención dispensa. Sería una emisión matutina, cuando el personal esta más despejado. Sin darse cuenta, llegó la hora de comer, bajó al comedor y con un talante inusual hasta ese momento, saludó y comenzó a relacionarse con sus compañeros de fatigas, quería conocerlos. Sorprendidos, iban respondiendo de forma torpe, efusiva o atropellada según el estado anímico de cada uno.

El guión iba tomando forma y el programa estaba casi definido, pero necesitaba concretar un tema: Desde dónde se realizaría la transmisión. Se acercó al despacho del psiquiatra, estaba en un congreso y faltaría unos días del centro. Él mecesitaba contar sus propuestas, empezó a inquietarse, se sentía solo, desanimado; la enfermera notó el cambio de actitud y logró calmarlo. Su necesidad era tan grande que, borboteando una frase tras otra, le relató el magnífico plan. Como buena profesional, pudo controlar su mente y lo animó a esperar. Pasaron varios días y el doctor seguía de viaje. Entonces,  decidido, tomó una determinación: hablaría con el director del centro. Escribió un resumen del proyecto y consiguió que lo recibiera en su despacho. A cambio de algunas responsabilidades y compromisos, el director apoyó su propuesta y entre los dos pusieron fecha para el estreno del programa.

–¡Por fin tengo un lugar! –Dando saltos de alegría, bajó al despacho de la recepcionista. Allí, a través de un anticuado micrófono se notificaban las comunicaciones de forma aburrida y monótona. Delante del micro se transformó, le pareció encontrarse en el estudio más moderno. Él era la “Voz”, una voz de vida tan necesaria en aquel adormecido hospital.

Volvió deprisa a su habitación. Subió a la terraza. Deambuló de un lado a otro, besando y abrazando a todo ser viviente.

–¡Está como una cabra! –comentó un anciano en chándal que sin prisa fumaba un cigarrillo.

–Qué pena, es tan joven –le contestó una señora mientras se frotaba las manos sin parar.

Pero no, sus ojos eran volcanes de brillo y ardor que manaban dicha al alcanzar su meta. Poco a poco se fue aplacando, buscó a la enfermera para llamar a su madre.

–Mamá, ¡qué alegría oírte! Necesito que estés aquí el próximo jueves a las diez de la mañana.

–¿Has empeorado? Te noto inquieto.

–No te preocupes, mamá, estoy fenomenal. ¡Ah!, te voy a pedir un favor. El traje gris, el último que me compré, ¿me lo podrías enviar para el miércoles?

–¡Hijo!, ¿de verdad que estás bien? ¿Para qué quieres el traje? Ahí solo lleváis chándal. ¡Dios mío! Otra vez con las alucinaciones. Por favor, pásame a la enfermera. Te quiero, cuídate.

Llegó el gran día. Embutido en el traje gris, abrió el micrófono, ordenó sus papeles y:

–Buenos días. Bartolomé, Javier, Lola...

El saludo llegó a todos los rincones del centro. Como platos, los enfermos abrieron sus ojos, las miradas sorprendidas se dirigieron hacia los altavoces del techo. 

– ¿Has oído Lola? Bartolomé soy yo...- Sonriendo, buscó la voz con sus manos.