1 PREMIO: "Berkeley"

Héctor Higuera Izquierdo
Viernes, 1 Marzo, 2019
El desayuno se agita en el estómago, nadando entre los jugos gástricos. Yo siento el dolor agudo que produce. Cuando se clava, pierdo la conciencia del tiempo y del lugar. Durante unos segundos no existo, solo el aguijoneo. 
 
Mi espectro visual remonta y mis ojos perciben la realidad, la mano aferrada a la barra del autobús y la gente sentada realizando sus gestos diarios de aburrimiento. Frena, parada, acelera, circula, frena, parada, siguiendo el mismo continuum hasta que te bajas. Sube una madre con su hija de la mano. Tendrá unos dos años, y mientras su madre paga al conductor, la niña afronta el largo del pasillo con una mirada recelosa, da dos pasos de espaldas como intentando refugiarse entre las piernas de su madre, pero parece cambiar de idea, y camina rápido, como queriendo superar el miedo.
 
Detrás de ella, su madre no tarda en cogerla de la mano y pasan a mi lado dejando el olor de su fragancia, supongo que mezclado entre el perfume de bebé y el perfume de marca. Se sientan enfrente de mí. Punzada en el estómago. Cierro los ojos, centrándome en resistir el ataque. Al abrir, al desaparecer el dolor, veo cómo la niña me sonríe y dice “hola”, yo contesto con otro “hola” y la sonrió. Su madre también me sonríe, yo la sonrió. Necesito retirar la mirada pronto hasta el gris del suelo. Mi parada. Pulso el botón de stop. El señalizador de parada enrojece y el autobús frena, las puertas se abren. Antes de bajar me atrevo a sonreír a la niña que me devuelve el gesto. El autobús arranca y la tensión se precipita sobre mí.
 
Camino apresurado, me sobra tiempo, pero deseo llegar. Mis piernas no deben retenerse, las dejo libres que se lancen por la calle, esquivando a los viandantes de espaldas y a los que se cruzan, obligándome a hacer quiebros con movimientos laterales. Necesito llegar. Pienso que soy un incapaz, no merezco el trabajo. Acelero para callar. Portal 26. Las oficinas de la empresa. Miro el móvil y deseo llamar a mi madre, pero desisto: estoy solo. El fondo negro del portal.
 
Huye. Vamos. Pienso. Respiro profundo. Siento la respiración entrecortada, las burbujas de aire retroceden hacia los pulmones ante la presión de la angustia y no exhalo todo lo espirado. Me adentro en el portal. Encajonado en un ascensor minúsculo, todo se empequeñece en el cubículo: no eres nadie, no sirves, no lo conseguirás, no. Chirría. Se abren las puertas y me muestra una pared blanca de gotelé, a su derecha la puerta de entrada a las oficinas. 
 
- Buenos días, vengo para una entrevista de trabajo a las diez. 
 
Titubeo al decir entre – vista, rectifico, pronuncio cada silaba correctamente: en- tre-vis -ta. El resto de la frase la pronuncio con mayor empuje: de trabajo a las diez.
 
- Sí, buenos días, espere un momento que aviso de su llegada al responsable de recursos humanos. Gracias.
 
Parece amable, puede ser un buen lugar. O no y es el fin. Sé positivo. Recuerdo la sonrisa de la niña. Pero la punzada se abalanza sobre mi estómago. Sufro. Me agito. Tengo que  apoyarme sobre la mesa de recepción. Mi  pierna izquierda se mueve a espasmos. No eres nadie. Acéptalo. Solo un depresivo mayor. Me estiro y levanto la cabeza, firme, y como estoy solo, sonrió a la nada. Siento capacidad.
 
- Buenos días, soy José Luis, responsable de recursos humanos. ¿Me acompaña?
- Buenos días, gracias por darme la oportunidad...
 
Apretón fuerte. Demostrar ímpetu y fortaleza. Hecho. Los archivadores amontonados sobre los estantes me producen confusión. Le sigo hasta su despacho con debilidad en las piernas. 
 
- Siéntese, gracias. Su nombre es Guillermo, ¿verdad?
- Así es.
 
Sonrió. Finjo seguridad.  No hay esperanza. Sí existe.
 
- Se presentaba usted para el puesto de auxiliar administrativo, ¿verdad?
 
Verdad, verdad, ¿qué es la verdad? Tu verdad no es la mía. Deseo hablar de George Berkeley. O el solipsismo y usted es una creación de mi mente. Me quiero reír al pensarlo.
 
- Sí, me gustaría trabajar con ustedes. 
- Se agradece, pero usted no tiene experiencia laboral. 
- Circunstancias personales. 
- Entiendo, pero usted tiene treinta y tres años y no ha trabajado antes. Lo siento, no quiero entrometerme, pero comprenda que debemos tener toda la información posible. Y su perfil no es habitual. ¿Qué ocurrió desde que terminó la Licenciatura en...Derecho? 
 
Llegaría. Lo sabía. Aun así, me bloqueo. Me hundo. El perímetro a mí alrededor se resquebraja, las grietas en los azulejos, y yo y la silla caemos los siete pisos, atravesando sus techos, y los cascotes en caída libre se abandonan al abismo; y yo con ellos.
 
- Circunstancias personales. 
- Debemos rechazar su candidatura si no recibimos más información. Lo siento. 
 
Sus uñas se clavan en mi hombro. Estas aquí, vieja. Dilo, sé honrado, no vales y tienen que saberlo. 
 
- He padecido depresión.
- Gracias por su sinceridad. Actualmente, ¿sigue teniendo problemas?
- Sufrí una crisis hace unos 6 meses.
- Lo siento. ¿Toma usted medicación?
 
Mi cuerpo se paraliza. Mi cerebro. La dosis de antidepresivos, inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, se retiran ante la pregunta y el estímulo de la serotonina desaparece. Depresión mayor. Melancolía. No esperanza. Suicidio. 
 
- Sí. Antidepresivos. 
 
La muerte se clava en mi pecho. Desea hendir la carne y capturar mi corazón. La sonrisa de la niña. Los ojos abiertos, expectantes ante cualquier cambio que se produzca en el autobús. La curiosidad a cada instante. La sonrisa. Miro por la ventana y contemplo el azul del cielo e imagino que se mezcla con el azul del mar para crear un punto de densidad material azul y explota, y brota, se expande.
 
- Pero estoy aquí. Soy Guillermo. No tengo experiencia ni formación. Usted, pensará que no valgo para el trabajo. Y, sinceramente, me es indiferente. He sentido la muerte, su presencia, y la existencia. He luchado con la muerte y la vencí por el momento, aprendí a dialogar con ella, olvidar el miedo que yo, y usted, tenemos a morir y ahora lucho por existir, vivir. Pasión por existir. Pasión por crear. Os puedo ofrecer pasión. Ustedes deciden. Gracias por escucharme.
 
- Estudiaremos su propuesta y le daremos una respuesta. 
- Le deseo buen día. 
 
Impresionado, el entrevistador se despide con un susurro. Salgo de la oficina, me incrusto en el ascensor minúsculo. 
 
Después de años, encuentro mi rostro en su espejo.