2 PREMIO: "El hombre volador"

Asier Moreno Vizuete
Viernes, 1 Marzo, 2019
Ahora, en este preciso momento, mientras escribo, tengo al alcance de la mano una cuerda para sujetarme, para, si decido hacerlo, poder atarme de pies y manos. Y así, dejar de volar. Porque yo vuelo.
 
Veo las cosas desde otra perspectiva. Como esta cuerda, por ejemplo. Para mí, es una cuerda. Pero para el resto, para la mayoría, para ti, es solo un pequeño bote relleno de pequeñas pastillas. Pastillas azules, para atarme. Pero yo, desde mi perspectiva, veo una cuerda. Una cuerda sobre la mesita de mi salón. Una cuerda que si me paro a mirarla con la suficiente atención, parece una serpiente de lengua bífida, de ojos brillantes y vacíos. Negros.
 
Porque para mí, dejar de volar es puro veneno. Si cedo, si dejo por un momento de escribir y cedo a la serpiente, yo ya no seré más yo. Porque esto es lo que soy, el hombre volador, el lunático.
 
Porque si miro la luna, veo tu sonrisa. Y tu sonrisa me habla, me cuenta cosas. Porque no soy ningún licántropo, no. Al mirarla, no brotan cerdas de mi piel, no se cubre de pelo mi cuerpo. Ni rujo, ni muerdo, ni aúllo. Solo, sencillamente, veo cosas que tú, que la mayoría, no puede ver. Pero compréndelo, me encanta mirarla. Me encanta que se ría, que se parta el culo. Que me diga cosas desde allí arriba, que tú me las digas por su boca de plata. Que tú, por su boca, me cuentes chistes y yo me ría.
 
Porque si me ato, si cedo, mi luna ya no será más mi luna. Será solo un pedazo de polvo flotando en la infinita negrura. Rodando sobre sí misma. Su luz, será solo el reflejo de una bola de fuego. Y su charla, sus historias y sus chistes, resultarán ser tan solo el eco borroso de mi perturbada imaginación. Porque sí, sé que soy un perturbado. Sé que para ti, para la mayoría, las cosas que yo veo no existen. Lo sé, lo asumo. Hasta puedo asumir que sea cierto, que, como tú dices, esté loco. Pero, ¿qué será de mi luna si cedo? ¿Qué será de mí, si al mirar por la ventana, al mirarla, le digo que es solo un pedazo gigantesco de polvo?
 
Si le digo eso, a ella, yo ya no seré más yo. Tú ya no serás más mi tú. Y duele, créeme. No poder ver como tú ves. Como casi todos ven. Duele estar siempre lejos de todo, fuera de vuestro mundo si no decido atarme. Porque antes, cuando no sabía que lo que veía solo yo lo veía, no dolía tanto. Pero ahora que lo sé, ahora que por fin comprendo esas agujas afiladas en vuestros ojos cuando me mirabais, esos silencios y esos murmullos cuando yo pasaba, duele muchísimo. Porque me quedo solo, me dejáis. Y yo no quiero estar solo. No quiero un mundo solo para mí. Por eso la cuerda, la serpiente.
 
Pero si cedo, si desenrosco la tapa, me siento un traidor. Yo, el hombre volador, paso a ser el hombre traidor. Si meto una de esas pastillas azules en mi boca, si bebo y la dejo resbalar por mi garganta empujada por un vaso de agua, traicionaré a mi mundo, a todo lo que soy. Y no es que sea fácil, mi mundo. Casi siempre es bello. Pero no es fácil. Sobre todo después de descubrir que es solo mío, que no puedo compartirlo. Compartir, por ejemplo, al mirar por la ventana, los edificios cubiertos de nieve. En pleno verano. De nieve blanca. Porque, en mi imaginación, esa nieve es lo más hermoso que puedas imaginar. Que tal vez, solo tal vez, en algún bello sueño hayas soñado. Una nieve tan blanca que puede dejarte ciega.
 
En mi cabeza, la nieve que cubre la ciudad parece diente de león. Como si un dios inmenso hubiese soplado un inmenso diente de león y sus semillas y hebras se hubiesen quedado colgando de tu casa, de la mía. De las plazas y las carreteras. Y mientras tú escuchas las sirenas y las bocinas, mientras escuchas motores y ruidos, yo escucho el silencio de ese dios inmenso y su inmenso diente de león.
 
Y me gustaría poder compartir eso contigo. Porque entonces, solo entonces, en la autenticidad, podría compartirme de verdad. Porque esto es lo que soy, ¿entiendes? Esto. La ciudad cubierta de nieve imposible y la serpiente sobre la mesita junto al ordenador. Puede que sea así porque esté roto, porque en algún momento de mi vida me partí por la mitad y mi mente no pudo soportarlo y se escondió. De mí, de todo el mundo.
 
Pero se escondió en un sitio hermoso, ¿entiendes? Aunque duela todo lo que duele no poder compartirlo contigo, con los demás. Aunque a veces, las noches sin luna, vea diablos agazapados en las esquinas del techo. En la penumbra. Aunque al tumbarme sobre mi cama, sobre la nuestra, los escuche cuchicheando bajo el colchón. Aunque me digan cosas horribles, cosas que nadie excepto los diablos quieren escuchar. Aunque me digan: estás solo, estás solo, estás solo. O: ella estaría mejor muerta, ¿no crees? Así, me dicen, no tendría por qué aguantarte.
 
Pero aunque los diablos susurren a veces, mi mundo es un mundo hermoso. Y los diablos, porque todos tenemos diablos, a todo el mundo le susurran cosas terribles. Hasta a ti. Porque aunque eso pase, mi mundo es el mundo de las moscas parlantes, de las moscas divertidas. Porque no irás a decirme que nunca has escuchado a las moscas hablar. En el silencio, jugar como juegan, de pared a pared. Porque si nunca las has escuchado, yo no sé si quiero que me muerda la serpiente. Porque mi mundo, es el mundo de las cosas imposibles. 
 
Las moscas hablan, como las paredes. Y todo, a mí alrededor, resulta un chiste. Y veo flores emplumadas donde tú ves cortinas. Si no cedo. Veo a las estrellas bailar, saltar en busca de cielos más altos. Aunque los diablos susurren, veo colores que creo que tú nunca has visto. El mián y el zur y el garo. Veo, cuando el viento sopla, bancos de peces brillantes, volando entre tú y yo. Y veo, cuando tú sonríes, la luna dentro de nuestro salón.
 
Donde tú ves un árbol, yo veo una torre trepando hasta el cielo. Donde tú ves frutos, yo veo planetas girando. Y donde tú ves un loco, yo veo un hombre volador.
 
Porque yo vuelo, es lo que hago. Y puede que a otros hombres voladores no les guste volar. Puede que lo único que deseen sea atarse al mundo, amarrarse a los colmillos de la serpiente. Pero a mí me gusta mi mundo. Aunque solo sea mío. Aunque no sea real. Me gusta, me encanta. Aunque eso me aleje más y más, como un globo perdido. Aunque ardan las plumas de mis alas y caiga contra el suelo una y mil veces. Aunque eso signifique que estoy solo, roto. Sigue gustándome volar.
 
Pero no puedo compartirlo contigo, con los demás. Y si algo no puede compartirse se parte. En la soledad, resulta absurdo. Y duele.
Por eso sé, que antes de que tú cruces esa puerta, antes de que llegues y te acerques y me rodees con tus brazos y beses mi frente, habré borrado estas líneas. Habré desenroscado la tapa, la piel de la serpiente. Habré dejado de ver las flores emplumadas de nuestras cortinas.
 
Porque no quiero estar solo. Porque, sobre todo, tengo miedo. De perderte, de que ya no haya más llegadas y abrazos por la espalda y besos en la frente, de que los diablos susurren bajo una cama que es solo la mía o de que las moscas charlen solo para mí. De tus cajones vacíos, de tu olor convertido en un eco, en un recuerdo pegado a las paredes de esta casa.
 
Porque sobre todo, soy un hombre asustado. Por eso, antes de que llegues, desenroscaré la tapa. Me dejaré morder. Porque sin ti ya no habrá luna riéndose en este salón. Porque sin ti, yo ya no seré tu lunático. Y no quiero volar solo. Sobre todo, no quiero volar solo.