3 PREMIO: "Gris azulado"

Ana M ª García Benítez
Viernes, 1 Marzo, 2019
Aquella mañana de enero llegó para quedarse. Entró con fuerza, como un huracán que ponía todo patas arriba. El aire que acompañaba esa mañana invernal se tornó gris e irrespirable. La cara, desencajada, como la de aquel que percibe que la vida se le escapa entre sus manos. A pesar de la época del año, un calor insoportable se instaló en el ambiente, un calor que provocaba un sudor frío y gélido a la vez. Todo un mundo de contradicciones nació en ese mismo instante, un mundo hostil y desapacible. Al abrir la puerta para dejarla pasar, todo cambió, justo en aquel momento en el que Clara empezaba a disfrutar de la vida. Podía haber venido poco a poco, podía haber venido tiempo atrás. Pero no lo hizo; prefirió presentarse así, sin previo aviso y con toda la furia acumulada a lo largo de todo ese tiempo.
 
De todo lo acontecido meses atrás, Clara tenía marcada en su memoria a fuego lento, con el mismo dolor con el que marcan a una res, aquella noche de Julio en que Marcos tuvo que marchar a Alemania en busca de una vida mejor. Diez años durmiendo juntos, sintiendo el calor de sus cuerpos. Él decía que le encantaba sentir su mano calentita apoyada en su pecho y su respiración en el cuello y Clara le daba ese gusto a diario porque para ella no existía un momento de placer igual, a pesar de que nunca se lo había confesado. Compartían sus confidencias cuando su pequeño hijo caía rendido y se hacía el silencio en aquel dormitorio que se convertía en su refugio. Aquel día, a las doce de la noche, cuando se dieron el último beso en el coche en el que Marcos iniciaría su viaje, sonaba la canción que les acompañó en los momentos más importantes de sus vidas, desde el día en que aquel adolescente enamorado se la dedicara en la radio. 
 
Parecía que la magia que había surgido sin buscarla, estuviera ayudando a que el momento perdiera su amargor. Aun así, Clara tenía la sensación de encontrarse en el borde de un precipicio. Cogida de la mano de su pequeño niño, se despedía de su compañero de vida y de viaje. - “Esto durará sólo unos meses, amor mío, ya lo verás”, le decía Marcos para consolarla. “La Justicia nos devolverá nuestros trabajos y todo volverá a ser igual”-. Pero hay acontecimientos que cambian la vida de las personas para siempre. Eso es algo que Clara iba a aprender poco a poco, con el transcurso de los días, de los meses y hasta de los años, porque aquella situación duraría mucho más de lo que ellos programaron. Ahora le tocaba hacer frente a todo aquello a ella sola. Se iniciaba un duro camino en el que iría descubriendo qué personas estarían ahí incondicionalmente y cuáles nunca merecieron pertenecer a su mundo. Aprendería que casi nada en la vida sale como lo piensas y, sobre todo, que hay que vivir el presente. Porque el futuro de Clara, sin que ella lo supiera, se presentaba de color negro hormiga. En ese futuro, el protagonismo lo acaparó la ansiedad que, poco tiempo después, pasaría a hacerse fuerte en forma de trastorno de pánico con agorafobia.
 
Cuando la ansiedad dijo “basta”, su vida se paró de golpe y se convirtió en un lugar árido y estéril. No era creyente, pero llegó a pensar que tal vez se trataba de un castigo de alguna divinidad por algún error que hubiera cometido en un pasado. Clara se encontraba saturada, al borde de una explosión interior. Tenía tanto dolor guardado, tanto resentimiento.... Lo comparaba con la sensación que se siente cuando se pierde a un ser querido y tenemos la necesidad de vivir el correspondiente duelo. Así es que Clara se rompió en mil pedazos. Estalló como el Big Bang, para dar lugar a un mundo nuevo, mejor dicho a un infierno nuevo. El peso que llevaba ahora en su mochila implicaba que la Clara original se había marchado para dar paso a una Clara totalmente dependiente. Una Clara que ya no podía conducir, que no soportaba a la gente a su alrededor, que podía ser víctima de una crisis de pánico durmiendo o nadando tranquilamente en el mar. 
 
Había renunciado a tardes de cine, a salir a comer fuera, a ir al campo o a la playa, tenía miedo de ir al gimnasio, no soportaba el ruido de los coches por la calle, ni las voces, ni el simple ruido de un taladro. Hacía meses que no podía ir a visitar a su única abuela. El terrible monstruo de la agorafobia había ganado el pulso, al menos en ese momento. Consiguió que Clara se conformara con recluirse entre las cuatro paredes que daban forma a su casa. A pesar de ello, Clara era perfectamente consciente de que en eso consistía su trastorno; en creer que esa vivienda que se había convertido en su cárcel, era el único entorno en el que ella podía sentirse medianamente segura. También era consciente de que su interior gritaba a voces que quería ser una mujer libre e independiente, una mujer que al vestirse y calzarse por las mañanas se sintiera fuerte, atractiva, libre. Vivía en una lucha constante, en una contradicción, y eso la agotaba cada vez más, hasta llegar al punto del conformismo, y de ese conformismo a pensar en la solución más extrema y más cobarde: la de acabar con todo quitándose la vida. 
 
Clara no se reconocía. ¿Cómo había podido llegar a perder la sonrisa y la alegría por vivir? ¿Cómo había conseguido pasar de una profesional reconocida a encontrarse de baja laboral por no ser capaz ni de llegar andando a su oficina? Ahora que la situación laboral y económica se había resuelto, Clara se había transformado en una niña pequeña que lloraba cuando su marido se marchaba por las mañanas a trabajar y la dejaba sola en casa hasta que llegaba el relevo que la acompañaba mientras Marcos no estaba. Ahora temblaba de miedo cuando le tocaba bajar la basura. La lluvia, el viento, la nieve y la falta de sol se habían convertido en sus peores enemigos. Deseaba estar muerta por encima de todas las cosas. Todo el ruido interior que se había instalado en su cabeza le hacía creer que estaba perdiendo el control, que rozaba la locura.
 
Un año pasó en esa situación, investigando acerca de aquel terrible mal, acudiendo periódicamente a la consulta de sus psicólogos para aprender a digerir y a convivir con ello, dejándose acompañar por su familia en todo el proceso y llorando, llorando mucho, para expulsar todo lo que llevaba dentro. Poco a poco, la ansiedad ya no necesitaba alzar la voz para que Clara escuchara sus mensajes porque había entendido que su lucha no era contra la propia ansiedad, que dejarse llevar cuando llegaba el oleaje era mucho más práctico y menos agotador que pelear contra la corriente. Clara entendió que para vencer por fin a sus miedos, lo mejor era enfrentarse a ellos poco a poco, paso a paso, pero con paciencia y constancia. Para ello, se disfrazó de mujer valiente, aunque por dentro se sintiera la persona más vulnerable y frágil del planeta. Tenía que romper con las falsas creencias que la agorafobia había instalado en su cerebro y tenía que hacerlo a fuerza de enfrentarse a ellas. La perseverancia se convirtió en su aliada.
 
Hoy por hoy, Clara continúa su particular lucha contra la agorafobia. Se siente orgullosa de cada paso que da. Ahora ese nubarrón que se instaló sobre su cabeza, ha empezado a dejar paso a algunos rayos de luz. Todavía tiene que ir comprendiendo muchas de las cosas que le han pasado; entender que, aunque el mundo que la rodea gira a una velocidad estrepitosa, ella necesita vivir despacio, disfrutando de cada momento; que no hay que marcarse exigencias, sino deleitarse con la espontaneidad. En estos momentos, Clara ha entendido que la ansiedad no es nuestra enemiga, sino nuestra aliada, la que nos pone los pies en la tierra. Casi está preparada para darle las gracias porque, a pesar de lo vivido, le está permitiendo ser una mujer nueva, fortalecida. 
Queda la esencia dormida de la Clara de siempre, una esencia que poco a poco va despertando para enfrentarse al mundo. Pero, sin lugar a dudas, se trata de una versión mejorada de ella misma que se está haciendo fuerte para ir acometiendo nuevos retos. Cada vez ve más cerca el momento de abrazar a su abuela, de la que lleva separada más de dos años por no enfrentarse a los doscientos kilómetros de distancia que las separan; cada vez le resulta más viable el hacer un viaje disfrutándolo u organizar unas próximas vacaciones sin temer la distancia a recorrer. Cada vez ve más posible pasear bajo la lluvia o la nieve. Cada vez se divierte más, cada vez sonríe más, cada vez agradece más el estar viva y considera cada minuto como un regalo, como una nueva oportunidad. El cielo del mundo de Clara por fin se está tornando a un color gris azulado, cada vez más azul y menos gris, cada vez más fresco y menos oscuro. Un azul que le inspira tranquilidad, confianza y fantasía. El azul que la hará libre de nuevo.
 
A todas las Claras del mundo. A todas aquellas personas que están obteniendo su particular aprendizaje de la vida gracias a la agorafobia. A todos los Marcos y familiares que también sufren las consecuencias directas de este terrible monstruo que arrasa por donde pisa. A todas las valientes y los valientes que resurgen de entre sus cenizas.